un cuaderno de viaje

Cuando me sugirió que fuésemos a Lisboa, lo entendí de inmediato como una buena idea.

La última vez, él había ido con un amor a cuestas, como se llevan a esas mujeres que no siempre quieren explorar con nosotros las últimas consecuencias. Bromeábamos con eso de “Revisitar, retrasar las huellas del pasado” y otras frases hechas.

Yo, en cambio, nunca había ido.

Nada de lo que intuía sobre la ciudad se aproximaba a lo real. Es difícil imaginar el ritmo de Lisboa, cómo se vive una pausa en Lisboa. La soledad. La mala leche contenida, la delgadísima cuerda floja de desesperación por la que transitan sus mendigos.